8836981_origTodas las sociedades humanas han tenido en cuenta al sexo como factor diferenciador en las relaciones sociales. La dicotomía sexual ha sido utilizada por la mayoría de las sociedades para reglamentar una división del trabajo a través de la cual se le asignan a cada sexo diferentes roles culturales, económicos y sociales. En antropología, a este proceso le llamamos “asignación genérica”, la cual consiste en imponerle cualidades, derechos y deberes específicos a los individuos de una sociedad basándose en su sexo o género.

Las sociedades del México precolombino no fueron ajenas a este proceso. Los pueblos del altiplano central mexicano hicieron uso de la asimetría entre los géneros para reforzar el control del Estado sobre la sociedad. Sin embargo, algunos antropólogos arguyen que, en términos generales, estos pueblos no se preocuparon demasiado por reglamentar el comportamiento de hombres y mujeres en la esfera privada.

En el campo de lo público, sin embargo, resulta evidente que los aztecas y otros pueblos del altiplano central mexicano estaban fundamentados en la dominación masculina de la sociedad: las mujeres se desenvolvían fundamentalmente en el ámbito doméstico, como productoras, reproductoras y cuidadoras del hogar, mientras que los hombres ejecutaban actividades más proclives a ser reconocidas socialmente, incluyendo la caza, la guerra, la religión y el gobierno, amén de proveer a sus hogares con bienes materiales.

Con la conquista española, estos roles sociales de género no cambiaron demasiado. Se suplantó la religión indígena por la católica, inyectando a la sociedad mexicana con un legado moral judeo-cristiano que presuponía la superioridad masculina. La mezcla de machismo indígena y español ayudó a reforzar los estereotipos de género en México hasta mediados del siglo XX, cuando una serie de factores fundamentalmente exógenos comenzaron a confluir para que se produjeran ciertos cambios sociales.

No obstante, a pesar de los cambios sociales que experimentó el país tras la Segunda Guerra Mundial, y a pesar de los movimientos de liberación femenina y otros factores modernizadores, los roles de género tradicionales se mantienen fundamentalmente intactos en la mayor parte de nuestras sociedades, sobre todo en las áreas rurales, indígenas y de menores ingresos.